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UNA ANCIANA DE ALPANDEIRE RECUERDA A SU VECINO FRAY LEOPOLDO

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UNA ANCIANA DE ALPANDEIRE RECUERDA A SU VECINO FRAY LEOPOLDO

sus 92 años, Cristobalina Sánchez recuerda perfectamente las visitas que Fray Leopoldo hacía a Alpandeire cuando el beato ya pertenecía a la Orden de los Capuchinos, viviendo fuera de su pueblo natal, y ella era sólo una niña.

Cristobalina, una vecina muy querida por todos los panditos, ha reconocido que “soy de Alpandeire de toda la vida, nací aquí, después me casé y me fui a Barcelona con mi marido. Al tiempo él enfermó y falleció, por lo que volví a mi pueblo, donde estaré hasta que Dios disponga de mí”.

La vecina ha explicado que Fray Leopoldo y su familia vivían justo al lado de su casa, por lo que nuestra protagonista tenía mucha relación con ellos. Ha recordado que cuando Fray Leopoldo llegaba al pueblo animaba a los niños a ir con él a la Iglesia de San Antonio de Padua para rezar y entonar canciones al Niño Jesús. Según Cristobalina, en un primer momento a algunos niños les asustaba la presencia del fraile debido a que su cara estaba cubierta de largas barbas, vestía un humilde hábito y en sus pies sólo llevaba puestas unas viejas sandalias. Pero en unos momentos y con mucho ingenio Fray Leopoldo conseguía ganarse la simpatía de los pequeños. Cristobalina Sánchez ha asegurado que, lejos de asustarse, ella sentía admiración por aquel hombre y que, en su inocente niñez, llegó a preguntarle por qué llevaba los pies al descubierto pese al frío, a lo que el capuchino respondió que no se preocupase, que era algo normal en su orden religiosa.

Tal y como sus padres le contaron a Cristobalina, en su juventud Fray Leopoldo también asombraba continuamente a las personas mayores de Alpandeire  por su humildad, bondad y compasión, y cuando era preguntado por su carácter siempre respondía que no tenía nada de especial, que era un hombre como otro cualquiera.

Por otro lado, la vecina ha comentado que su padre solía ir con el hermano de Fray Leopoldo, el propio beato y otros hombres hasta Jerez de la Frontera para segar en el campo y así ganar algo de dinero para llevar a sus casas. Todos quedaban sorprendidos por la rapidez con la que trabajaba Fray Leopoldo y, a la vuelta hasta Alpandeire, era habitual que su hermano le reprochase que fuera repartiendo entre las personas necesitadas que se iba encontrando por el camino el dinero que había ganado con la dura siega, hasta el punto de que en muchas ocasiones llegaba sin nada al pueblo.

Para terminar, Cristobalina se ha mostrado orgullosa de haber tenido a Fray Leopoldo como vecino porque “tener un santo en un pueblo pequeño es lo más grande que hay, estoy segura de que Fray Leopoldo vela por Alpandeire y por todos nosotros”.